The Mind is a Terrible Thing To Taste

The Mind is a Terrible Thing to Taste es una descripción de mi adolescencia, el título de la columna de hoy y el nombre de un álbum de Ministry que salió en 1989, año en que empecé a vestirme de negro y a usar sombrero de fieltro en Guayaquil.

El primer contacto con nuestra propia mente suele darse de forma torpe, violenta y muchas veces cómica, con esa particular comicidad de lo absurdo, como cuando repites una palabra hasta la saciedad y el significado se disocia de la fonética y te parece estar escuchando sonidos incoherentes: la saciación semántica es un eufórico estado de vértigo que muestra una ventana fascinante al artificio del lenguaje y de la propia mente.

Tan poderosa e infinita es nuestra mente que en ella residen todas las fobias y posibilidades del horror que volcamos al cine y la literatura en forma de tropos; cuando esas ficciones son buenas, logran conectar con la oscuridad de nuestra psiquis. Un estudioso de las perversiones sensoriales del cerebro humano es el neurólogo Vilaynur Ramachandran (apodado “El Marco Polo de la Neurociencia”), quien explica que la mejor forma de conocer cómo opera nuestro cerebro es explorando sus errores cuando no funciona como debe. La frase que mejor resume su conferencia en TED, y a la vez se presta para una película de horror de bajo presupuesto, es: “Doctor, this is not Fifi. It looks exactly like Fifi, but it’s some other dog” (“Doctor, esta no es Fifí. Es idéntica a Fifí, pero es otro perro”), refiriéndose al Síndrome de Capgras, que convierte en extraños a nuestros seres queridos (como en Invasion of the Body Snatchers, pero sin esporas alienígenas). Otro síndrome espeluznante: el de Cotard, conocido como “Walking corpse syndrome” (síndrome del cadáver andante). La persona que lo padece cree no tener cerebro o alma o sangre, dependiendo del caso. Algunos sienten que están muertos, a pesar de que están al tanto de la imposibilidad lógica de que eso sea así. Zombis, ladrones de cuerpos… Tramas de horror, escritas por los miedos de nuestro subconsciente.

El miedo ha sido el tema central del género del horror desde sus primeros días. La evolución del género ha sido mostrar más, cuando antaño se mostraba tan poco: más sangre, más violencia. Horror explícito, más que miedo visceral. Gran parte del género de terror de hoy es, paradójicamente, excesivo y vacío, como las palabras repetidas mil veces, y el saldo es una cacofonía de amputaciones rocambolescas que te hacen brincar en lugar de paralizarte. El lugar de lo siniestro ha sido desplazado por la comodidad de lo perverso. Pero no sé; quizá no sea tan así. Quizá solo soy yo. O quizá no soy yo, sino Fifí.

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