Encuentros Cercanos y Raíces: Terror y culpa

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Entre 1978 y 1980, vi dos obras que me impactaron hasta el punto de redefinir (o quizá definir) mi relación con la realidad: la película Encuentros Cercanos del Tercer Tipo, de Steven Spielberg; y Raíces, la miniserie basada en la novela de Alex Hailey. Quise, inicialmente, escribir un thinkpiece con analogías y contrastes sobre cómo la abducción resulta diametralmente distinta en el caso del hombre negro y del blanco: el uno es esclavizado, el otro es llevado a dar vueltas por el universo. El uno usa la música para sobrevivir la jornada a través de los mares y los campos de algodón; el otro, para comunicarse con benévolos seres espaciales que sobrevuelan el desierto americano… Pero luego, como al meme de la Rana René, se me pasó: habría sido un thinkpiece tonto e insufrible.

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Vi Raíces a los 6 años. Era muy pequeña para adherirme a movimientos ideológicos, pero lo suficientemente grande para sentir rabia y vergüenza por ser parte de un sistema, “la gente blanca”, que había esclavizado y causado dolor a tanta gente. Eso gestó en mí una actitud de constante cuestionamiento de mi privilegio y de las instituciones que lo sostenían (la Iglesia, la familia, el trabajo, la educación). Pero claro, a esa edad no entendía ninguno de esos conceptos como tales. Tampoco, a pesar de haber sido educada en un medio católico, entendía el concepto de “pecado original”: no lograba sentirme responsable por algo sucedido tan lejos de mí en todos los aspectos; pero Raíces me hizo sentir una especie de culpa original (¿white guilt?) y no podía ignorarla, porque tenía claro que eso que vi en la televisión había sucedido de verdad.

Encuentros Cercanos del Tercer Tipo, en cambio, me aterrorizó. Barry era un niño casi de mi edad; tenía juguetes como los míos. Pero sus juguetes cobraron vida, su hogar fue acechado por rayos de luz que se colaron por cada rendija posible, y luego, la puerta de su casa se abrió y recibimos un baño cegador de resplandor extraterrestre. Fue demasiado para mi pobre psiquis aún no desarrollada. Pegué un aullido galáctico y traté de esconderme bajo la silla del cine, temblando. No sé si vi el resto de la película. Tampoco sé en qué momento ese terror se transformó en “quiero irme en una nave espacial a otro planeta”. Quizá fue al día siguiente. Eso es lo que se llama mindfuck.  Gracias, Spielberg. Sin ironías.

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One Response to Encuentros Cercanos y Raíces: Terror y culpa

  1. El Mediodía 1 de abril, 2016 at 17:20 #

    Kuntta Kinte fue mi primer héroe de carne y hueso.

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