Nadie es Perfecto: 400 Golpes, de François Truffaut

Finales no buenos sino sublimes hay muchos, pero cada uno de la docena de finales que se me ocurrieron cuando empecé a escribir son maravillosos por alguna razón específica. Plano final favorito: Empate entre The Graduate y Fight Club. Línea final favorita: Billy Wilder, en general.  Final mas emocionante: The Usual Suspects, o Raiders of the Lost Ark que a su vez, copió a Citizen Kane. En fin (¡heh!), finales hay, pero ninguno me ha impactado emocionalmente tanto como este:

400 Golpes

Les presento a Antoine Doinel, personaje principal de la pelicula Los 400 Golpes de François Truffaut.  Déjenme poner esta imagen un poco en contexto. Antoine es, en pocas palabras, un niño problema: en su casa no lo entienden, en el colegio su profesor lo maltrata y lo avergüenza frente a sus compañeros. Se pasa la mayor parte de sus días, huyendo de ambos. Cuando llega a casa, se pasa mirando con morbo a su madre… Todo es nuevo y confuso a la vez. Eventualmente deja de ir al colegio porque su profesor lo culpa de plagiar a Balzac para un deber cuando él creía que lo estaba haciendo era rendirle homenaje. Se roba la maquina de escribir de su padrastro con la intención de venderla para poder escapar de su casa. Su padrastro lo encuentra con las manos en la masa, y decide meterlo en la cárcel por robo, donde pasa una noche en una celda con ladrones y prostitutas. Antoine, que tiene 12 años. Su madre apela por su hijo en la corte y logra que lo internen en un centro de observación para jóvenes problemáticos en la costa, donde pasará su condena.

Y así llegamos a este momento. Antoine logra escaparse por un hueco en la reja metálica que cerca la cancha de fútbol donde está jugando con sus compañeros y sale corriendo. Por un minuto lo vemos solo correr, no sabemos a donde va. Cuando por fin llega a su destino, vemos que llega al mar, algo que ha añorado ver toda su vida, un símbolo de esperanza, de que hay más mundo que lo el que ha vivido hasta ese momento de su vida. Cuando por fin llega a la orilla, se moja los pies y observa el horizonte infinito. Segundos después, cuando uno piensa que regresara a jugar con sus compañeros, empieza a correr en dirección a la cámara y para cuando llega justo frente al lente.  Y mira a la cámara.  Me mira a mi, con tristeza, con frustración, como diciendo “¿Y ahora qué?”. A pesar de que por fin pudo cumplir su sueño de ver el mar, se da cuenta que es sólo otra forma de encierro. Peor, es la ilusión de la libertad, porque en realidad no tiene a donde escapar. El mar borra sus pisadas en la arena, como si dijera “Antoine no estuvo aquí”. Solo se escucha el sonido de las olas chocando contra la arena mojada y el ligero guitarreo de Jean Constantin. Quiero llorar por él, quiero salvarlo, pero no puedo, me siento incómodo, “¿Por qué me sigue mirando?”, me pregunté. Y fue así como entendí el poder de la imagen cinematográfica, entendí su capacidad de conmover e impactar.

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