Q&A: ¿De qué obra están eternamente agradecidos?

Bienvenidos a nuestra edición de fin de semana, la versión light donde dejamos de lado la vergüenza y respondemos una pregunta elegida de manera totalmente autocrática por un servidor. Si tienen alguna sugerencia para la pregunta de la próxima semana tuitéenla a @alvareteNL o escríbanla en nuestra página de Facebook.

La pregunta de hoy es:

¿De qué obra están eternamente agradecidos?

Daniela Gaviria

Como ahora soy feminista, quisiera que las cosas y los autores a los que les agradezco la existencia fueran más acordes con mi causa. Todos entramos al mundo de los libros por el placer, y canonizar “la literatura” es de los factores que nos alejan de la lectura. Por este motivo empiezo mi agradecimiento a los profesores de la escuela y de la universidad que me hicieron una lectora impertinente y malcriada, porque un buen profesor es un arma blandida ante la ignorancia. También agradezco a Manabí; veo en las redes sociales que últimamente ser manaba está de moda… Veo modernos comiendo ceviche con maní, como lo hizo durante años mi abuelita en un bar al frente del mercado de Jipijapa. Me parece que está la cosa muy idealizada… Manabí es una tierra salvaje, que tiene muchas cosas que aprender y cambiar. Es muy difícil ser mujer y chira allá, y su historia es violenta y encima bastante silenciada. Seguramente yo sería más insoportable si no fuera por mi familia manaba, siempre lista para burlarse de cualquier comentario snob. Además, esta gente y esta tierra me dieron la capacidad de reírme de mí misma y de los demás, cosa importante no solo si eres una artista pop de moda. Para consumir cultura, saber reír y burlarse es un arte popular, gracias Jipijapa, la sultana del café por la buena cara y la cafeína.  

Sobre la veintena ya estaba yo bastante empapada de las perlas de Ernest Hemingway, solo con las perlas que pululan por el mundo ya uno tiene para agradecerle a este autor, pero yo en estas edades encontré baratita una copia de fragmentos esenciales de sus obras que además venía acompañada de una novela cortita entera “Fiesta”. Estaba de viaje y devoré la novela en el avión de vuelta a casa. Yo había leído y amado a Garcia Márquez, ya le había declarado mi amor eterno a la literatura, no recuerdo en qué año fue, pero aun tengo la copia por eso sé que si ha sobrevivido a tantas mudanzas no puede ser tan viejo pero recuerdo que leerlo fue como leer por primera vez cualquier cosa. Es solo la historia de unos amigos en una fiesta, y habla de las tonterías mínimas y sin sentido que ocupan todos tus pensamientos. Hemingway es uno de esos artistas vitales occidental que tuvo cien trabajos y miles de borracheras como escuela, a mi que me habían dicho que sin titulo no había futuro,  Hemingway fue entender que en la periferia está la huevadilla, aunque ahora él sea un dios más en el olimpo de los demás, espero que nos perdone aunque en el fondo sé que no, gracias Hemingway, gracias abuela Leyther.

Alvaro González

Vivir en Ecuador en los años 80 era ser cliente de un videoclub. El videoclub era un negocio de barrio, con sus carpetas eternas rellenas de fotocopias de carátulas de cassettes de VHS, hasta que llegó Blockbuster a monopolizar el mercado y nuestros viernes por la noche. La gentrificación se hizo y se deshizo, y Blockbuster tuvo la misma suerte que los pequeños videoclubs a los que echó del mercado. Los pocos que sobreviven suelen emplear frikis hostiles que hacen una mueca cuando alguien pide la última película de Michael Bay. Así como los camareros servían café antes de ser baristas con bigotes extravagantes, entonces la labor era mucho más cotidiana, y el trabajo era más bien intentar sugerir alternativas cuando el estreno de la semana estaba alquilado.

En esta era digital es difícil explicar lo que era depender de un medio físico para ver una película, peor todavía siendo un niño sin acceso a dinero ni a un medio de transporte.Tuve la suerte de crecer al lado de un videoclub, y de ser lo suficientemente pesado a mis diez años como para hacerme amigo de uno de los dependientes. Lo suyo eran las películas de terror ochentero, las cuales ponía en la tienda mientras esperaba a que llegaran los clientes y que yo miraba hipnotizado durante horas: Reanimator, Return of the Living Dead, Child’s Play, Nightmare on Elm Street, y muchas otras con nombres y actores irreconocibles que nadie rescataría, ni siquiera para esas listas de películas tan malas que son buenas. Con el tiempo, supongo que para deshacerse de mí, accedió a dejarme películas sin pagar. Yo las cogía de tres en tres, sin ningún tipo de criterio, y las miraba en casa cuando me quedaba solo. En ese ambiente sin supervisión descubrí Stand By Me y Aliens, y veía películas que no entendía, como Platoon y The Name of the Rose. Recuerdo claramente intentar convencer a un amigo que le tenía miedo a las películas de terror de ver Monster Squad, para que perdiera el miedo y tener alguien con quién verlas (fracasé), y discutir por qué deberíamos alquilar Commando de nuevo en lugar de Predator porque las escenas de violencia eran más divertidas.

No sé que hubiera hecho sin mi acceso a ese Netflix criollo durante mi periodo formativo cinematográfico, y por eso hoy quiero agradecer a Roberto, donde quiera que esté. El antiguo videoclub ahora es un local de comida (La Brasa de Cucurucho), y cada vez que voy a Ecuador lo visito en peregrinaje para recordar esos momentos de proto-geekismo que me convirtieron en él nerd insufrible que soy.

Denise Nader

Jamás dejaré de sentir gratitud por haber tenido la oportunidad de conocer la obra y la vida de Carl Sagan desde muy joven, en una época en que mi amor por la ciencia se había tornado en un activismo arrogante y doloroso. Quizá viendo esto, una profesora y amiga de la universidad me prestó Cosmos, y supe, al leer la dedicatoria, que ese sería mi autor favorito por siempre: “En la vastedad del espacio y la inmensidad del tiempo, es un placer compartir una época y un planeta con Annie”. Permítanme ser fan: creo firmemente que todas las personas del planeta, sin excepción, deberían leer aunque sea un libro de Carl Sagan o ver Cosmos: A Personal Voyage (1980) aunque sea por un minuto, porque ese minuto cambiará la forma en que ven el mundo. Quizá tengan una epifanía, una revelación sobre la naturaleza del ser, de las cosas, del espacio. Carl Sagan era el tipo de científico y de ser humano que lograba contagiar su pasión por la belleza del universo y de la vida: nadie logró expresar como él esa fascinación casi mística por el cosmos, y en su única obra de ficción, Contacto, reconcilia ciencia y espiritualidad sin trucos ni sensiblerías. El lenguaje en todos sus textos era poético, lleno de asombro y gratitud por estar vivo hoy. No solo en la obra de Sagan se refleja su carisma y pasión, sino en lo que otros dijeron de él: La directora Penny Lane hizo un corto sobre Carl Sagan y su esposa Ann Druyan, y la aventura que los hizo conocerse y enviar al espacio la primera nave interestelar de la historia. Su hija escribe sobre las lecciones de mortalidad e inmortalidad aprendidas de él en un texto magnífico. Puedes pasarte la vida viendo las estrellas, pero cuando lees a Carl Sagan, entiendes y aceptas con alegría tu lugar en el orden y el caos: eres parte del cosmos. No te sientes pequeño o grande: te sientes parte de todo. “Somos polvo de estrellas”, dijo. Y no solo eso: “Somos el medio para que el cosmos se conozca a sí mismo.”

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  1. Bitácora de la Tertulia #35: Primer Contacto | tertulias de ciencia ficción, fantasía y horror - 4 de Diciembre, 2015

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