Q&A: ¿Obras “tan malas que son buenas”?

Bienvenidos a nuestra edición de fin de semana, la versión light donde dejamos de lado la vergüenza y respondemos una pregunta elegida de manera totalmente autocrática por un servidor. Si tienen alguna sugerencia para la pregunta de la próxima semana tuitéenla a @alvareteNL o escríbanla en nuestra página de Facebook.

Esta semana Romeo nos pregunta:

@alvareteNL yo quiero saber cuál es la película, libro, o serie “tan mala que es buena” de cada alvarettetter (?).

— Romeo Cabrera A. (@romcabrera) November 16, 2015

Ya es viernes, así que me voy a permitir sacar a pasear mi pedantería para esta pregunta. Como crítico de sofá, siempre he pensado que hay que saber separar el juicio de si una obra “es buena” (un término cargadísimo, cuyo significado podemos discutir otro día) de “me gustó”. El que una obra sea “buena” no significa que guste (para muestra reciente, la última década de documentales de Werner Herzog), y el que una obra no tenga ningún tipo de valor cultural no significa que no sea leída por millones (como toda la obra de Dan Brown). Calificar algo de “placer culposo” es intentar ser más snob que los snobs y justificar una culpa que, sinceramente, no tenemos por qué sentir. Si te encantó 50 Sombras de Grey, ¡bien por ti! Si a alguien le interesa por que a mí no me gustó, estaré encantado de explicártelo, y si alguien piensa que eso disminuye el placer (¡heh!) que alguien derivó de leer las aventuras de Mr. Grey, tal vez deberían pensar en todas las bibliografías de Grandes Clásicos, con mayúsculas, que deberían estar leyendo en lugar de perder el tiempo haciendo sentir mal a alguien por el simple hecho de que leyeron algo que les gustó.

Alvaro González

Ahora, respondiendo a la pregunta: mi placer culposo son las películas de acción, porque son películas que sistemáticamente veo solo. No me refiero a las superproducciones como Mad Max: Fury Road, ni Pacific Rim, sino a películas de la nueva ola de cine de acción directo a vídeo que se producen en Asia y Estados Unidos: The Raid 1 y 2, la saga Undisputed, Ninja: Shadow of a Tear y John Wick, por nombrar algunas.

No voy a decir que todas estas películas son buenas, pero hay auténticas joyas que permiten exploraciones sobre personajes que encajarían perfectamente en una película de Leos Carax. El hecho de ser producciones de bajo presupuesto les permite a los directores un grado de libertad que Hollywood no se arriesga a darles. Por ejemplo, Universal Soldier: Day of Reckoning, una película que le debe más a Gaspar Noé y su Enter The Void que a la película original de Jean-Claude Van Damme, o Crouching Tiger, Hidden Dragon, que le valió a Ang Lee una nominación al Oscar a la  mejor película y el Oscar a la mejor película extranjera. Además, veo ciertas temáticas paralelas entre las películas de acción y otro de mis géneros favoritos: los musicales, extremo opuesto en la escala de masculinidad cinematográfica, que comparten su afinidad por las coreografías y muchos elementos de lenguaje visual (como, por ejemplo, el paso del tiempo a través de montajes musicales), y ambos se prestan para ver un highlight de diez minutos cuando me quiero distraer mientras cocino.

Denise Nader:

Independientemente de lo que diga la New Yorker y nuestro editor sobre los placeres culposos, yo sí creo que éstos existen. Para mí, en el caso de las series de televisión, un guilty pleasure debe cumplir varios requisitos:

  1. Tiene que gustarte de verdad.
  2. Tienes que haber visto la serie al menos dos veces.
  3. Tienes que sentir vergüenza de tenerla en tu lista de recientes en Netflix y que otras personas te vean en contacto con ella una vez más.

En mi caso, esa serie es Roswell: un drama de adolescentes ubicado en Roswell, Nuevo México, en el que extraterrestres y humanos se enamoran y luchan por su libertad. Es como Dawson’s Creek, pero con aliens, en el desierto y con una cafetería de temática OVNI que es, como no, del papá de la protagonista enamorada del alien.

Voy a tratar de responder las preguntas que me han hecho mis familiares y amigos respecto a la serie: Q: ¿Cómo puede gustarte esa serie para adolescentes, por favor? A: Extraterrestres. Q: ¿Pero por qué la ves otra vez si ya la has visto un millón de veces? La primera vez que me preguntaron eso, me di cuenta de que me dio vergüenza responder. Me sentí culpable de estar viendo Roswell en vez de estar frente a, qué sé yo, un documental sobre las maras salvadoreñas. ¿Qué tiene Roswell que me gusta tanto? Me encanta el Crashdown Café y su menú. Me hacen reír los guiños a la ciencia ficción “seria” y sus fans. Disfruto enormemente del guión y la dirección y la química entre los personajes. De hecho, creo que eso es clave en esta serie y suele ser, para mí, un factor decisivo en cualquier obra. ¿Pero es por eso que la he visto un millón de veces? En realidad, no. La he visto tantas veces porque cumple con el cuarto y último requisito: los placeres culposos logran hacerte escapar de tu realidad. Que conste que esta vez no me escapé al espacio o al futuro, sino a un desierto a ver un remake de Romeo y Julieta. Eso sí: con extraterrestres.

Daniel Llanos:

Odio los reality. Como con el reggaeton, me hacen pensar que el planeta debería ya deshacerse de nosotros y volver a empezar. Tanto las Kardashian y sus traseros como las mamás que someten a sus bebés a desfiles de belleza me dan ganas de ahorcar a alguien. Y, en algún lugar, en la mitad de todo ese culebrón, está el Chef Gordon Ramsay y su competencia culinaria Master Chef. Ramsay, tal vez el chef televisivo más importante del mundo, es arrogante y cree que el tough love es la única forma de que alguien aprenda a ser chef. Esto aparentemente justifica el que se comporte como un auténtico imbécil. Los concursantes de Master Chef son creídos y melodramáticos; la estética, edición y música son lo más manipulador imaginable.

Y ayer me vi 5 episodios seguidos.

Maldito seas, Gordon Ramsay.

Ver el programa es un constante tira y afloja con mis convicciones. Cuando la madre soltera de Brooklyn le cuenta a Gordon que la inspiración de su deconstrucción de un plato jamaiquino típico es la comida que le hace a diario a su hija, me entrego. Cuando el baterista que nunca ha podido hacer orgullosa a su madre porque es un músico fracasado explica que la comida es el corazón de su hogar, y que cree que podría cambiar el mundo una receta a la vez pienso: vamos, campeón. Entonces, recuerdo que todo es una farsa y que nada está dejado al azar. Que siempre empujan a los concursantes para que tengan rivalidades entre ellos, todo sea por la fama y la gloria de ser “el mejor chef del país”. Y justo ahí, cuando mi lado crítico empieza a hablar, el pescador de Nueva Orleans gana el reto del episodio cocinando una receta de Hush Puppies gourmetizados basados en la receta que le enseñó su abuela cuando tenía 5 añitos. Podía sentir como se me aguaban lentamente los ojos. “Tengo algo en el ojo”, me dije a mí mismo. Y, con su permiso, tengo que ir a ver el episodio número 6.

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