El Q&A del Viernes, 06/11/2015

Bienvenidos a nuestra edición de fin de semana, la versión light donde dejamos  de lado la vergüenza y respondemos una pregunta elegida de manera totalmente autocrática por un servidor. Si tienen alguna sugerencia para la pregunta de la próxima semana tuitéenla a @alvareteNL o escríbanla en nuestra página de Facebook.

La pregunta de esta semana es: ¿Que serie, libro o película has sido incapaz de terminar?

“Ulyses”, por Daniela Gaviria

De los derechos del lector que se hicieron famosos con Daniel Pennac defiendo con vehemencia el tercero: el derecho de dejar de leer un libro. A todos nos ha pasado, lo peor de esta obra maldita es que lo tenemos ahí como trofeo en nuestro librero para la foto. Yo incluso tengo dos copias de mi albatros personal, una en inglés, que fue la que ha sobrevivido grandes viajes y hecatombes, y otra en español, porque me dije a mí misma que a lo mejor lo que me pasaba es que no tengo el nivel de inglés suficiente. No es cualquier cosa, lo que he abandonado es EL LIBRO de uno de LOS AUTORES, así, con mayúsculas y a lo loco.  Lo confieso, y creo que no soy la única, mi nombre es Daniela y nunca he terminado, ni pasado de las primeras veinte páginas de “Ulises”  de James Joyce. Después de leer un estudio y mucho conversar con gente que sí sabe he podido entender el primer capítulo pero no sé si lo entendí bien… Dicen que es chistoso, que es una conversación entre un judío y alguien más, que es queer,  y que eso está muy bien para la época. También he visto que hay un montón de páginas sin una sola coma, y les juro que me muero de ganas de leerlas y entenderlas pero he aprendido a vivir con la frustración.

Eso sí, he leído Dubliners, uno de mis libros de cuentos favoritos, y además me siento muy joyciana en mi relación tormentosa con mi ciudad casi natal Guayaquil. Me reconforto en los recovecos de Joyce cuando describe su ciudad e incluso fui a Dublín como quien va a Disney y me encantó ver esa ciudad con aires de pueblo con sus cosas para odiar y su encanto innegable, además de un clima cruel como mi ciudad Guayaquil. No le guardo rencor a Joyce: una vez estuve en un taller y una señora dijo que para saber cualquier cosa de literatura hay que leer el Ulises, yo tenía trece años y nunca había oído locura parecida, que fuera imperativo leer algo. Me causó tal impresión que no recuerdo la cara de la señora, pero si su voz. Después, en la universidad escuché frases como estas muchas veces, pero gracias a mis intentos fallidos con el Ulises ya estaba curada de todo espanto.

“Mad Men”, por Denise Nader

A los 16 años hice una pasantía en una agencia de publicidad. Mi jefe era un brasileño enorme y loco que comía 12 huevos duros al día y me gritaba “YOU’RE FUCKING SPOILED, DENISE!” Luego, trabajé en otra agencia haciendo campañas radiales para un insecticida. Mis almuerzos eran pizza fría y las cenizas de los cigarrillos encendidos de mi jefe. Allí tuve mi primer ataque de pánico y descubrí el Xanax, mientras mi dupla creativa gritaba “AYÚDAME ÑAÑITO” y “CHÚPAME LAS MEDIAS” dos veces a la semana. Nunca supo nadie el significado y motivación de sus exabruptos. Enseñé escritura creativa en mi alma mater y, en más de una ocasión, tuve que supeditar y adaptar los contenidos de mi clase a los intereses de la publicidad, hasta que no pude con mi conciencia y renuncié a esa materia. En esas andaba cuando me dijeron “¡TIE-NES QUE VER MAD-MEN!” porque “refleja los conflictos de los publicistas” y “el glamour” y “la soledad”… Al tercer capítulo le dije adiós al hermoso Don, a sus whiskies de las 11AM y a su tropa de mujeres.

Quizá, en defensa de los hombres de Madison Avenue, cuando empecé a ver la serie ya iba por la quinta temporada de Breaking Bad y los conflictos de Don Draper me parecían de un esnobismo insufrible frente a la vida, muerte y karma de Walter White. La truculencia de mostrar “el pasado salvaje” de los 60 y sus mentiras gubernamentales y sexismo brutal para que sintamos sorpresa ante la gran evolución de hoy… ¿Qué evolución?, pensé, mientras buscaba el control del FireTV entre los restos de Kit Kat y chifles artesanales. Hoy, en medio del escándalo de la VW y la campaña navideña anual de Coca-Cola, las mujeres seguimos siendo ciudadanas de segunda clase, tanto en la TV como en la vida real. Boo-hoo, Don Draper. Life’s a bitch, pensé, mientras cambiaba de canal.
“1Q84”, por Alvaro González

“Quiero ir al cine con mi marido. Recomiéndame una peli.”

Mi proceso mental ante esta pregunta es, probablemente, mucho más complicado de lo que debería ser. Es el equivalente del “¿cómo estás?” del ascensor: ante un extraño, donde “bien” es la respuesta más adecuada, aunque se te haya reventado el calentador de agua y te hayas pasado todo el fin de semana duchándote con agua fría e intentando que tu cocina no parezca el set de Waterworld; ante un amigo, tal vez “bien” también sea la respuesta más adecuada, porque a nadie le interesa el calentador de agua de tu casa. No seas pesado.

“Si te gusta Terrence Malick, El Arbol de la Vida está bien. Pero ojo, es bastante intensa.”

Un consejo: no recomienden jamás una película de Terrence Malick. Ni aunque salga Brad Pitt. El lunes siguiente:

“Nos levantamos del cine y nos fuimos. La gente nos miraba con envidia. Nunca más te pido consejo.”

Lo rescatable de una mala recomendación discusión que genera (tremendo Don Draper), hasta que una pareja que buscó una nanny para el viernes se levanta del cine cabreada por una regresión a la época de los dinosaurios en medio de un drama experimental. Eso también genera discusión, pero de otro tipo. Porque girls just wanna have fun.

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2015, la palabra de moda es curaduría. En el 2011 era crowdsourcing. Y fue así, a través de la sabiduría combinada de 4,510,000 resultados como acabé con una copia de 1Q84 de Haruki Murakami como regalo de cumpleaños: novecientas cincuenta y dos páginas de maestría literaria altamente anticipada. Llegó el fin de semana, y cayeron las primeras cincuenta páginas. Y todo muy rico, muy alegórico, pero aquí no pasaba mucho. “Para el verano”, dije, pensando que era tiempo lo que me faltaba. Y, cuatro meses después, releí esas cincuenta páginas, y había leído cincuenta más cuando tuve que decidir si le dedicaba un verano de mi vida a Murakami y a sus eternas descripciones de comidas japonesas o releía Moby Dick. No me avergüenza decir que un libro de uno de mis escritores favoritos sigue en mi librería, con un marcador alrededor de la página cien, esperando otra oportunidad. ¿Tal vez este verano? ¿O tal vez algo de Dickens en su lugar…?

“The Walking Dead”, por Daniel Llanos

En principio, The Walking Dead cumple todos los requisitos de una serie que yo disfrutaría: zombies, bien, Apocalipsis, ¡vamos!, basada en una novela gráfica exitosa, estupendo, buenos efectos de maquillaje y suficientes twists para que M. Night Shyamalan se moje los pantalones, ya no me digas más. ¡Y encima, hecha por AMC! En aquellos días andábamos con buena racha: habíamos terminado Breaking Bad y House of Cards en tiempo récord y estábamos en búsqueda de algo para llenar nuestro vacío de series. Dije “The Walking Dead”, ella me miró con cara de “¿seguro?” Ella odiaba los zombies. Ni siquiera es odio lo que siente: le producen indiferencia. Ni la asustan ni le dan asco, más bien le aburren. Aún así, me apoyó: “veamos el primero”. Avanzamos hasta el segundo. Nunca se volvió a hablar del tema y pasamos a Hannibal. No regrets. De vez en cuando alguien me dice que “TENGO QUE” seguir viendo. Yo solo asiento, y cambio de tema. I would rather not, Rick Grimes.

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