Q&A: ¿Qué obra de su infancia les sigue gustando?

Bienvenidos a nuestra edición de fin de semana, la versión light donde dejamos de lado la vergüenza y respondemos una pregunta elegida de manera totalmente autocrática por un servidor. Si tienen alguna sugerencia para la pregunta de la próxima semana tuitéenla a @alvareteNL o escríbanla en nuestra página de Facebook.

La pregunta de hoy es:

¿Qué obra de su infancia les sigue gustando?

Daniel Llanos

Tengo 35 años.  No estoy viejo, todavía, pero el tiempo está, indudablemente, avanzando.  Sigo jugando juegos de video y de mesa, sigo coleccionando “muñequitos”, y lo más probable es que lo haga hasta el dia que me muera. Envejecer no se trata (solo) de eso, sino de lidiar con cosas de la adultez como: hacer dinero, que un doctor te diga que tienes que dejar la carne rojas si no quieres que el corazón te explote, y de tomar decisiones que cambiarán tu vida. En resumen, lo que coloquialmente se conoce como “madurar”.

Cuando veo The Goonies, que es más a menudo de lo que estoy cómodo aceptando, no tengo que pensar en nada. Es tal vez la única pelicula de mi infancia que no me hace sentir viejo, de las pocas películas donde no veo ni la luz, ni el trabajo de cámara, ni la actuación. Me pierdo en la aventura de cinco  adolescentes que quieren encontrar un tesoro perdido en la isla donde viven.  Amigos inseparables que creen que sus más grandes fantasías pueden ser verdad.

Creo que por fin he entendido que no necesito volver a ser niño (ser “viejo” tiene sus cosas maravillosas), ni necesito volver a tener esa inocencia y tranquilidad de no ser responsable por nada ni nadie. Más bien, lo que esta pelicula me ha hecho entender casi 15 años después es que quiero ser joven para siempre, de mente y de corazón. Que mi yo-de-niño me vea y diga: “no esta mal, pelao”.

Denise Nader: “Heidi es mi ansiolítico”

Heidi, la adaptación animada de 1974 del libro de Johanna Spyri, era una de mis series favoritas cuando era chica. Hay en ella tanta buena onda, sin cursilerías ni falsedades, que podría verla todos los días. De hecho, tengo un playlist en Youtube con todos los episodios (es del canal oficial: gracias, Planeta Junior, aunque no sea tu target). Heidi era feliz, valiente, resolvía problemas, adoptaba animales y a veces hasta personas (Pedro, la abuelita ciega de éste, Clara…). Mi hermana y yo estábamos obsesionadas con la comida en esa serie: leche recién ordeñada servida en tazones de madera; pan campesino con queso derretido que el Abuelo mismo preparaba: las sillas, la casa, la cama… todo era hecho a mano por él. Mi idea de libertad era correr por los Alpes, dormir en el altillo y ver las estrellas cada noche desde una cama de heno fresco y perfumado. Nunca odié más la ciudad que cuando vi la llegada de Heidi a la montaña, una sensación que no he dejado de tener después de tantos años.

Heidi era libre.

Daniela Gaviria

La memoria me traicionará con cualquier cosa que diga que me gusta desde mi infancia. Trato de hacer un ejercicio sincero y siento que faltaré a la verdad, sobre todo porque entre mi infancia y mi adultez están la adolescencia y la veintena, épocas en las que fui bien batracia y aunquen lo hacía con toda la buena intención, muchas veces pecaba de posada. A lo mejor me tomaba muy en serio los libros… No lo sé. Lo cierto es que ahora sí que me he reencontrado con una libertad que tuve de niña, la libertad de que me pueda gustar algo sin caer en algún estereotipo. He vuelto a un gran amor de mi niñez: las historias de aventuras. Me encantan las aventuras en libros, películas y series, ver personajes viajando por el mundo mientras sobreviven a todo tipo de adversidades. De niña amaba a Indiana Jones, la primera que vi fue la última cruzada pero después vi todas en VHS y me encantaron, tanto que durante mucho tiempo dije que quería ser escritora y arqueóloga, veterinaria y arqueóloga, azafata (nadie nos decía que las mujeres podíamos ser pilotos en esa época) y arqueóloga. Quería ser todo, pero también mi gran pasión: arqueóloga, de la que por cierto no inculque nada en mi vida. No sé nada de arqueología más que de las visitas a Teotihuacán en México y de alguna vez que hice de asistente en las excavaciones improvisadas que hacía mi primo Alonso en la colina de atrás de la casa de mi abuela. ¡Lo más tremendo es que encontramos unas figuritas y todo!

Ahora las grandes aventuras ya no tienen ese olor a esperanza de que alguna vez en la vida podría ser yo la que encuentra el tesoro que escondieron los Incas, pero de alguna manera de adulto hay que tener un poco de ese desprendimiento de dejarlo todo y seguir caminando. Hay en las aventuras siempre un punto en el que los personajes ya están en territorio totalmente desconocido, han perdido su equipaje, y lo que los hizo emprender su viaje parece pequeño. Se puede decir que a mi me pasa eso a veces, estoy todo el tiempo en terreno desconocido con miedo de pisar una piedra incorrecta y que se desmoronen los edificios por los que ando. La gente lo llama “maternidad”, yo no era ninguna heroína antes de esto, la diferencia entre el viaje en búsqueda del santo grial y lo mío es que Indiana Jones sabe que de alguna manera va a volver a New York y yo, yo ya estoy acá, no hay marcha atrás… Ha empezado el gran viaje de mi vida.

Alvaro González – Dragon’s Eyes, de Stephen King

Desde niño me cogió duro la fiebre por la lectura. Era uno de esos niños detestables que iban a todos lados con un libro debajo del brazo. Mis padres, por un lado, preocupados por mi asociabilidad y, por otro, por no saber qué más darme para leer, dieron con una colección de obras clásicas editados para niños. La he intentado buscar en internet y no lo encuentro, pero seguro que tenían algo que ver con el Opus Dei. Eran versiones bastante recortadas de la obra de Charles Dickens, Mark Twain, Julio Verne, entre otros, pero saneados de detalles que podrían perturbar la mente de un niño de ocho años. Hasta que un día, en una cena en casa de unos amigos de mis padres, me encontré cara a cara con una colección completa de Stephen King, y guiándome por los resúmenes de las contraportadas decidí leer Dragon’s Eyes. A pesar de que Stephen King lo escribió para que su hija pequeña pudiera leerlo, recuerdo sentir como si hubiera descubierto otro planeta, fuera de la atmósfera blanqueada de las versiones aprobadas. Lo he releído seis o siete veces (¡más veces que El Hobbit!), y, además de que me parece bastante mejor que otros libros suyos que reciben más publicidad, siempre me recuerda ese momento “HOLY SHIT” de mi infancia.

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