Matadero Cinco, de Kurt Vonnegut

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El mundo de los libros ataca directo a la imaginación, y la mejor manera de marcarte es con un autor maldito. Seguro que hay muchas obras que han moldeado mi cerebro humano y endeble de manera despiadada, pero hay una que desde el momento que la leí me la colgué como un relicario. La obra revienta-cerebro que recuerdo con más cariño y agradecimiento es Matadero Cinco (Editorial Anagrama) de Kurt Vonnegut. El libro cuenta la historia de un bombardeo a Dresden por parte de los aliados que se da justo el día que acaba la guerra; una matanza absurda que sirve de símbolo para demostrar lo idiota que es la guerra. La narra el veterano Billy Pilgrim, raptado por trafalmadorianos: seres extraños que tienen más de 5 géneros (es decir, sexos) y perciben la realidad en cuatro dimensiones. Lo exponen como animal de zoológico y le enseñan las tonterías de su especie.  

El comienzo es toda una declaración de intenciones:

Todo esto sucedió, más o menos. De todas formas, las partes de guerra son bastantes más fieles a la realidad. Es cierto que un individuo al que conocí fue fusilado, en Dresden, por haber cogido una tetera que no era suya. Igualmente cierto es que otro individuo, al que también conocí, había amenazado a sus enemigos personales con matarlos por medio de pistoleros alquilados. Y así sucesivamente. He cambiado los nombres de los personajes.

La decisión de Billy Pilgrim de contar su verdadera historia lo lleva inevitablemente a escribir una novela policiaca, surrealista, metafísica, de ciencia ficción… Tan confuso es el género que en ningún lugar saben cómo catalogarla. El mayor descubrimiento para mí fue que el tiempo, ese cruel elemento que nos empuja a la muerte, no es lineal: en Matadero cinco los trafalmadorianos lo viven todo al mismo tiempo. Con la prosa de Vonnegut, es fácil imaginarse cómo las cosas pueden pasar todas al mismo tiempo si sabes mirar en cuatro dimensiones.

Otra de las muchas cosas que me llevé de esta novela es que en el mundo existen más sexos de los que me habían nombrado y que, aunque yo desconozca la realidad, esta existe y va pasando alrededor mío. Vonnegut siempre nos habla de frente, y nos deja claro que lo más grotesco de su mundo ficticio es lo más real: las guerras, las oportunidades que no aprovechamos y las decisiones que sí tomamos. Una vez que el mundo adquiere esta profundidad, entendí que el universo de los libros es profundamente humano e infinito, y que ser lector es un ejercicio de soberanía.

Vonnegut fue mi Borges, porque Borges nunca me hizo reir de la misma manera. Digamos que Vonnegut era más mundano, y creo que más feliz. Le debo mucho a este inmenso autor, por eso el día que murió regalé todos sus libros. De vez en cuando vuelvo a comprar Matadero Cinco o Galápagos como acto de patrioterismo, lo releo y me vuelvo a emocionar. Acto seguido, se lo paso a cualquiera que me diga que no lo ha leído. A lo mejor no les gusta, pero esto es lo que hay que hacer con las obras que nos emocionan: repartirlas y difundirlas para que no parezca que están enjauladas en casa como le hicieron los trafalmadorianos a Billy. Si las liberas, se multiplicará esa misma energía que producimos al disfrutarlas.

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