Amy: Stronger Than Me

Amy-winehouse

La misma historia de todos los años: salen las nominaciones para los Oscar, parece que han estrenado ochocientas películas sin que te enteres, y no tienes de qué hablar durante el desayuno de la oficina sin poner en evidencia que eres o una inculta o una cavernícola procastinadora. Tranquila: no estás sola. Te invito a que me acompañes a la categoría más diversa de esta blanca edición, la de mejor documental. Entre los nominados tenemos dos documentales que retratan la vida de sendos iconos de la música negra. Aunque los puristas me quieran apedrear ahí al lado de Nina Simone está Amy, una chica judía menuda y dientona que podía cantar canciones de jazz de tono descarado como las mejores. No lo digo solo yo, me apoya Tony Bennet, que dijo que Amy Winehouse debe ser tratada con el mismo respeto con el que tratamos a Ella Fitzgerald y a Billie Holliday. Su talento venía de un lugar crudo y real, de un alma frágil y comprometida con todo lo que sentía. Tanta honestidad lírica no podía tener la distancia y frialdad que se requiere para sobrevivir a los tabloides ingleses.

Ni Hollie ni Ella tuvieron que enfrentarse a un batallón de paparazzis en la puerta de su casa todo el día buscando carne para generar hits en Youtube. Amy nos enamoraba, con ese je ne sais quoi que hay que cuidar o te vas al carajo. Era una artista, para bien o para mal, pero por mucho que nos gustara siempre estuvimos listos para juzgarla, además de disfrutarla. Si alguien se lleva un Grammy cantando que su hombre se fue and “kept his dick wet” tiene que pagar por ello, como si pensáramos que ella se lo había buscado ¿Fue realmente así? Movimos todos la cabeza en desaprobación cuando la veíamos desaparecer en foto tras foto de prensa amarillista, alguna vez nos reímos de los chistes que hacía todo el mundo sobre sus excesos, nos parecía una mujer maldita por sus letras por sus adicciones.  Estoy sentada frente a todas estas preguntas, y muchas más pensando en esta mujer, poniendo sus discos uno tras otro porque acabo de ver Amy.

Este documental del director Asif Kapadia, es de esas obras que no te pueden dejar indiferente. Cuando muestra el momento en que la policía se lleva al marido de Amy a la cárcel, su perplejidad se ve puntualizada por cientos de flashes que inmortalizan la imagen, eterno recordatorio del oprobio público al que sería siempre sujeta. En ese momento crucial, el morbo a mil por hora, vemos como diez personas le tomas fotos a otra persona que está al borde del colapso nervioso, y ni siquiera le ofrecen tregua para preguntarle si está bien. La gente que está haciendo dinero de ese momento, grabandolo para que lo podamos ver. ¿Tal vez un poco de la culpa es nuestra, audiencia cómplice de la miseria del famoso? Sin narrador omnipresente, entre las imágenes conseguidas entre archivos personales y archivos de televisión y paparazzis se escuchan fragmentos en off de sus amigos, familia, socios, amantes, colegas de profesión, todo intercalado con algunas de sus actuaciones más famosas y extractos de las letras de Amy. Parece que el director no entrevistó a nadie para hacer el documental, hasta el punto que llegué incluso a pensar que no hacían falta entrevistas, ni que le pidan a nadie que hable en cámara, así como no hizo falta que nadie le diga a Amy “amiga, no llegas a los treinta. Di todo lo que quieres decir hoy, y vive este día como si fuera tu último” porque lo hizo así, tal cual, como una tragedia griega delante de nuestras propias narices.

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