Carta del Editor, 18/11/2015

Las mayores amenazas para los grupos extremistas que cometieron los actos barbáricos del viernes pasado no son los bombardeos, ni los ataques armados, sino los actos que componen nuestra cotidianidad. Es por eso que estos ataques terroristas se perpetran contra mercados, restaurantes, estadios y salas de conciertos: porque son lugares donde charlamos, reímos, lloramos y cantamos en comunidad. Para un grupo cuya raison d’être es la guerra contra los infieles (donde “los infieles” somos todos los que no compartimos sus creencias extremas sobre el fin de los tiempos) el arte y la música son distracciones a erradicar, y se convierten en algo tan peligroso que merecen una réplica a través de una Kalashnikov. Celebremos, pues, nuestra humanidad, porque la libertad se construye con lágrimas, pero de las que salen después de reírnos tanto que nos falta el aire.

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