Truman

Truman, de Cesc Gay

Tomás (Javier Cámara) se despide de su mujer medio dormida con un beso. Se intuye nieve tras el cristal al fondo de la habitación.  Planos secuencia de aviones, counters y tíquets, hasta que nuestro personaje aterriza en Madrid después de un vuelo desde Canadá. Julián (Ricardo Darín), su mejor amigo, lo recibe en su casa. Tomás titubea en la puerta. Silencio, mientras procesa – con resignación, pero no sin dolor – el cuerpo demacrado, vagamente reconocible, de Julián.

Julián ríe

-¿Tan en la mierda estoy?, le pregunta.

Los espectadores entendemos que esas ojeras profundas -como pisadas- no estaban ahí en el último encuentro de estos dos personajes, que ese color amarillento que muestra Julián no es producto de la vejez y que su tos nerviosa solo le otorga presencia audible a su miedo. Nuestro Tomás tartamudea ante el cuerpo canceroso de su amigo. Quiere abrazarlo, que su abrazo sea sanador, quiere –pero no puede- evitar que Julián muera porque entiende que, cuando se nos va muriendo la gente, los que nos quedamos no sabemos qué hacer con tanta cotidianidad compartida.

Ni un solo flashback y aun así nos imaginamos la historia entre ambos, su juventud, la casa donde vivieron de estudiantes e intuimos a ese Madrid ochentero donde se desarrollaron sus borracheras. Truman está articulada escena tras escena a través de diálogos limpios y cercanos que legitiman a esa sinergia tan bien lograda entre Ricardo Darín y Javier Cámara. Es una película que habla de la intimidad, de los recuerdos que compartimos con nuestros viejos amigos del alma, esos que nos conocen tanto y tan bien que hasta nos da vergüenza porque ante la evidencia que supone su presencia estamos desnudos. Pero también está construida a base de silencios narrativos tan poderosos como las palabras. Silencios ocupados por Truman, el gigante hijo-perro al que Julián debe encontrarle un nuevo hogar antes de morir.

Utilizo palabras comunes para describir a esta suerte de road movie urbana: Se trata de una película hermosa. Limpia y sin trampas emocionales, porque retrata la vida durante la enfermedad, porque habla del dolor que sienten quienes acompañan en el viaje hacia la muerte y se atreve a abordar al amor que hermana a dos personas desde el universo masculino. Tengo la impresión de que su director, Cesc Gay (Barcelona 1967), nos entrega esta historia para que seamos capaces de desacralizar la vida como concepto elevado y nos acerquemos mucho más a nuestra levedad, a nuestra naturaleza perecedera y a la importancia de saber acompañar a los nuestros en sus últimos pedazos de vida. 

 

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