Scorsese en París: Una Exposición

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Este 14 de febrero en París, además de San Valentín, fue el último día en que estuvo abierta la exposición que la Cinemateca Francesa le dedicó a la obra de Martin Scorsese. Alguien debería darle algún premio a la Cinemateca Francesa (no sé muy bien cuál ni en qué categoría), pero todo lo que organiza esa gente es una garantía de calidad.

En el caso específico de Scorsese, además de la proyección y los conversatorios sobre todas sus películas, la exposición incluía una notable cantidad de objetos de interés: fotos, vestuario, guiones, dibujos, afiches. Había hasta una réplica en madera de Nueva York en la que se señalaban los circuitos por donde transitan sus personajes. La réplica no era un elemento menor: Nueva York es uno de los motivos centrales del cine de Scorsese. Un Nueva York muy concreto, además: el del Little Italy de su infancia, ese puñado de calles (Mott, Mulberry, Elizabeth, Prince, Spring) que en esa época parecían inevitablemente arrojadas fuera del Manhattan de la riqueza y del progreso. Aunque su filmografía se moverá también por otros espacios (del rarísimo Soho de Afterhours al aborrecible mundo de The Wolf of Wall Street), va a ser esa pequeña Italia, peligrosa y violenta, la que va a marcar sus películas de manera definitiva.

Nueva York, elemento esencial de la obra de Scorsese.

Nueva York, elemento esencial de la obra de Scorsese.

La exposición multiplicaba por cientos las fotografías de sus actores más comunes: Harvey Keitel, Robert De Niro, Leonardo di Caprio. Más que nada, Robert De Niro. De Niro como Johnny Boy, De Niro como Travis Bickle, como Jake LaMotta, Rupert Pupkin, Jimmy Conway, Max Cady, Ace Rothstein. Scorsese y De Niro constituyen sin duda una de las parejas más felices de la historia del cine. A través de De Niro, Scorsese ha podido dar forma a sus obsesiones y temas más recurrentes: el descontrol, el rechazo social, la desintegración, las distintas neurosis que se viven cuando se está en el margen. Los suyos son personajes en conflicto permanente: transitan con frecuencia entre la exclusión y la asimilación a una cultura que está todo el tiempo interpelándolos.

De Niro, Taxi Driver.

De Niro, Taxi Driver.

Scorsese pertenece a una generación de artistas italoamericanos que ha sido particularmente sensible al desencuentro entre su comunidad y el llamado “sueño americano”.  En esta misma generación podríamos agrupar a otros cineastas críticos del sistema, como Francis F. Coppola o Michael Cimino; escritores como Don DeLillo o Gregory Corso; músicos como Frank Zappa o Jimmy Croce. Scorsese ha declarado más de una vez que nadie que haya crecido dentro de aquella comunidad italoamericana de mediados de siglo puede ser indiferente a un desencuentro semejante. Un desencuentro que, para él, explica en gran medida una cierta tendencia italoamericana a la autodestrucción. Afirmaba alguna vez: “Hay un tipo de italoamericano que, incluso cuando busca desesperadamente integrarse a la dinámica americana del éxito y del dinero, lo hace a través de atajos peligrosos y autodestructivos (la mafia, el boxeo, el showbusiness) que terminan por boicotear sus proyectos.” El rechazo y la falta de asimilación, aunque no siempre referidas a la condición italoamericana, son dos líneas temáticas de Scorsese con las que puede trazarse un arco que va de su interesante debut en Who’s That Knocking at my Door? (1969) hasta la extraordinaria Gangs of New York (2002).

Otra de esas líneas temáticas que la cinemateca parisina se encargó de rastrear a fondo ha sido la influencia religiosa que se mueve por sus películas. Como diría él mismo: “Cuando uno se ha criado en ‘Little Italy’, ¿qué se puede ser, si no gángster o sacerdote?” Scorsese tomó su decisión: quiso ser cura e ingresó al seminario. Aunque posteriormente renegó de la iglesia, creo que puede decirse (me hago completamente responsable de esta afirmación) que Scorsese es el más grande artista católico que ha dado Estados Unidos. Y aquí no me refiero solamente a la obvia referencia a The Last Temptation of Christ. Me refiero también a la tempranísima Boxcar Bertha (que termina con un David Carradine crucificado), al Charlie atormentado por la culpa en Mean Streets, a la babilonia neoyorquina con ángel exterminador incluido de Taxi Driver, a la animalidad divina de Raging Bull, a los múltiples epígrafes y citas bíblicas que salpican sus películas (basta recordar los extraños finales de Raging Bull o Cape Fear) o a sus personajes femeninos moviéndose todo el tiempo entre los paradigmas de María y Magdalena. Todos son temas propios de un imaginario católico que Scorsese se ha encargado de diseccionar hasta las últimas consecuencias. Incluso el simpático y siniestro Wolfie de The Wolf of Wall Street, una película de la que difícilmente podría decirse que sigue un imaginario cristiano, salpica sus intensos discursos sobre el éxito con una retórica que se mueve entre el vendedor de carros usados y el pastor religioso. 

Robert De Niro y Joe Pesci en su primera película juntos.

Robert De Niro y Joe Pesci en Raging Bull, su primera película juntos.

El virtuosismo visual de Scorsese lo ha convertido en uno de los directores más premiados de la historia. Basta recordar la enorme calidad de la fotografía de Raging Bull, The Age of Innocence, The Aviator, los poderosos planos secuencia de Goodfellas o el logrado hiperrealismo en las composiciones visuales de Taxi Driver (que lo acercan de muchas maneras a artistas como Edward Hopper o Richard Estes). La Cinemateca exhibió varios de estos reconocimientos: desde la Palma de Oro de Cannes por Taxi Driver a la Legión de Honor francesa que le concedieron en 2005 por su contribución a la historia del cine. Paradójicamente, han sido las instituciones de su propio país las que han sido más reacias a la hora de reconocerlo. Y cuando lo han hecho no han sido particularmente sutiles: el Óscar no le llegó por lo mejor de su obra, sino por una de sus películas en mi opinión menos importantes (The Departed). Tampoco hay que confiar demasiado en una academia cuyas producciones históricamente más premiadas han sido las irrelevantes Ben-Hur y Titanic, pero habría que esperar un poco más de generosidad hacia uno de sus directores más dotados. Después de todo, Scorsese es de los pocos cineastas verdaderamente vigentes dentro de una generación de creadores que envejeció demasiado pronto. Mientras que él ha añadido en los últimos años grandes títulos a su filmografía (The Aviator, No Direction Home, The Wolf of Wall Street), directores como Francis F. Coppola, Brian de Palma o Woody Allen se han movido entre el silencio y la producción de filmes realmente insufribles.

Es curioso que haya sido París (no Nueva York ni Los Ángeles) la que ha dedicado a Martin Scorsese un homenaje de estas características. Habrá que esperar si sus incursiones en televisión (con sus extraordinarios aportes a Boardwalk Empire y ahora a Vinyl) sirvan para situarlo de una vez por todas en el lugar que merece: el de ser uno de los artistas estadounidenses más poderosos de los últimos cincuenta años.

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