El poder de los desconocidos

 

Image credit: Eduardo Adams, 2016

Image credit: Eduardo Adams, 2016

Tenía 22 o 23 años cuando aterricé en Paris por primera vez un lunes a una hora indecente. Sin saberlo, había comprado un ticket que me dejaba en una zona no muy céntrica de la ciudad y mi destino era un departamentito precario cerca de la Cité Université al que no tenía ni idea de cómo llegar. Hacía frio. La gente iba de un lado a otro de la estación y nadie parecía escuchar lo que yo les preguntaba. Finalmente, un hombre que hablaba un francés tan malo como el mío me cogió del brazo y me dejó exactamente en la dirección que yo tenía anotada en mi papel arrugado. Sentí que su humanidad se había impuesto a los códigos del lenguaje.

Cuando mi madre enfermó y la economía familiar se desmoronó a causa de tratamientos y medicinas, llegó hasta mis manos una especie de almohadita en miniatura -beige con rojo- bendecida por un lama. Mi madre mantenía en su pensamiento las bondades de la salud mientras tocaba aquel pequeño objeto que aun tengo guardado en mi billetera. La dueña de ese artefacto, ahora una amiga querida, también me llevó un café, que con cada sorbo me devolvía la fuerza que necesitaba para seguir acompañando a mi mamá en su batalla.

***

El domingo pasado, cuando apenas empezábamos a darnos cuenta del tamaño de la fractura literal que casi parte a nuestro país, mi marido y yo fuimos a comprar donaciones al comisariato cerca de casa. La gente -todo ese montón de desconocidos- llenaba sus carros de compra con atunes, velas, repelentes, leches. La familia que compraba delante nuestro se quedó sin dinero y decidió utilizar sus puntos de consumo acumulados para escoger más cosas y poder seguir donando. Los de la fila de al lado compartían información sobre las necesidades más urgentes, mientras otros hablaban sobre puntos de acopio más cercanos. Nos mirábamos unos a otros con una confianza nueva, improvisada si acaso, pero honesta. Sentí que estábamos a pocos minutos de abrazarnos.

Recordé que mientras mi mamá moría, muchos desconocidos hicieron fila para donarle a ella su sangre y librarnos de la carga de pagar 80 dólares por cada empaque de plaquetas. “Somos tan necesarios”, pienso. Cuanto bien (del ordinario, del de la sonrisa momentánea, del de la paz por minutos para agarrar fuerzas y seguir) podemos causarnos los unos a los otros.

El día en que el Ecuador tembló fuimos capaces de desbordar centros de acopio en 24 horas, de enviar ayuda civil -insuficiente para el tamaño de la desgracia- a la zona del desastre. De organizarnos por redes sociales con la destreza que tienen las hormigas y, a pesar de que habitamos en un país en crisis a varios niveles, doblamos con nuestras manos las camisetas que cubrirán el cuerpo de extraños que lo han perdido todo. El Ecuador se descuadró de la quincena, pero, dolidos como estamos, dijimos “ya se pagará la tarjeta el próximo mes”.

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Tengo en stand by la escritura de una entrevista que le hice a Ernesto Yitux la semana pasada. En la charla, Ernesto y yo conversamos entre otras cosas sobre la necesidad de sumar para que las cosas sucedan; hablamos sobre la mirada, sobre estar y observar hasta que vayan cayendo de a poco las capas que cubren el sujeto y así, al fin, poder narrar con honestidad. Recupero su idea: hoy, a los ecuatorianos se nos han caído las capas de golpe. Estamos como desnudos, mirándonos para activar los dispositivos que nos permitan recontar, curar, reconstruir. Para que sigan despegando avionetas, para que sigan saliendo camiones desde las ciudades donde tuvimos una suerte que nos replantean, quizá, las preguntas más primarias de la vida. Pero podemos, y de hecho ya hemos podido, reconfigurar el sentido de solidaridad a través del increíble poder de los extraños.

La tarea es dolorosa, será larga. Las voces que llegan desde los sitios del desastre dicen que toda ayuda es poca y ante esa alarma seguir donando de manera furiosa debe ser entre nosotros la única consigna.

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