Palabras de amor luego del fin

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Cuando mi mamá murió, el dolor me mantuvo anestesiada ante la vida por varios meses. Me hundí en una especie de letargo que aún hoy me cuesta describir y tuve episodios de pánico que no entendí como tales hasta que las palabras se apropiaron de ellos y les otorgaron forma: sentía bajo mis pies el vacío.

Esa Navidad –mi peor Navidad–, odié profundamente la felicidad ajena, las familias que disfrutaban de su comida y sus clichés. Si ustedes han estado ahí, en el hoyo, en la oscuridad absoluta, entenderán como yo que estos lugares comunes son los únicos posibles para describir mi exacta ubicación: el borde del abismo. La nada.

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Cuando el corazón de Patricia dejó de latir producto de la metástasis, el 29 de junio de 2013, no tuve que enfrentarme a ordenar ni sus cajones, ni su ropa, ni nada, porque hábilmente (y eso lo puedo entender solo ahora) me había escapado del hospital todos los días durante la última semana para organizar esos detalles en los que a mí también se me fue la vida. El sábado de su muerte terminé en El Manantial tomándome unas cervezas. El domingo después del entierro, fui a comer con varios amigos. El lunes me desperté y no entendía nada. Solo había silencio. Las paredes de su casa se sostenían sobre el absurdo concepto de ya no ser. De ya no ser nunca más.

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En medio de su enfermedad, un cáncer que avanzó galopante y feroz (y que yo negaba, anclando mi deseo más infantil y más puro a la idea de un milagro), mi amigo Diego me invitó a escribir un ensayo sobre migración para su antología Me fui a volver”. Ese texto apareció ante mí inmenso; fue una suerte de luz, como un ente salvador. Cuando lo empecé, mi madre estaba muriendo: segundo a segundo habitaba ese gerundio; y cuando lo terminé, el mundo ya era un lugar sin ella.

Luego del proceso de edición –un intercambio amplio y lleno de entusiasmo gracias a la solidaridad de Diego–, empecé a leer todo lo que hablase de la muerte. Pero no de la pérdida en abstracto: me concentré en leer a gente que estuvo a punto de saltar luego de que la muerte de ese alguien adorado dinamitara sus vidas. Escritores que armaron libros con su amor doliente y que repiten mil veces el nombre de sus muertos para que floten por ahí, para que existan en la boca de los demás y sus vidas muten a través de las palabras. Leí a Piedad Bonnett, Francisco Goldman, Rosa Montero, Joan Didion, Sergio del Molino, Roland Barthes, Héctor Abad Facciolince, Sergio Galarza. Leí y leí para no romperme, para sanar con esas historias que transformaron la pesadilla en un amor que honra sus ausencias.

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