Las Viudas De Los Jueves: Una (malograda) foto de familia

Las viudas de los jueves

Fotograma de la adaptación al cine de “Las Viudas De Los Jueves”.

Hace unos años, hablaba con mi madre vía Skype en una tarde entre aquellas miles que viví como migrante. Yo estaba aún por Barcelona y ella, en esa conversación en particular, me contaba con indignación sobre un rumor que se había esparcido con la rapidez del fuego entre su grupo de amigas: en una de las ciudadelas más caras de Guayaquil se había multado a un vecino por lavar su carro sin camiseta un domingo por la tarde, sol guayaquileño mediante.

El relato de mi madre iba más allá, ella aseguraba que en este punto desconcertante en el que estaba detenida la ciudad ya existían barrios en donde sus administradores y vecinos hacían cualquier cosa con tal de impedir que cierta gente, esa a la que se califica no como “uno”, no “ellos”, sino “cualquiera”, compren propiedades ahí.

Como solía pasar cuando mi mamá me contaba una historia así, la cuestioné de principio a fin. “No seríamos capaces mami” le dije. Seríamos, porque cuando fui migrante desarrollé una especie de pertenencia (rara, crítica, obsesiva y militante) hacia Guayaquil, y en mi discurso me refería a todos los parroquianos del puerto como “nosotros”, construyendo sin querer la fantasía de una gran familia.

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Recupero esa historia con mi madre luego de terminar Las Viudas de los Jueves (Claudia Piñeyro, Alfaguara 2005). Si la hubiera leído hace diez años no hubiese podido escribir nada al respecto; puedo hoy, con la distancia y la mirada que me ha regalado el tiempo y lo hago despacio, con la velocidad que tienen los pasos de los elefantes en cristalería.

Ahora me doy cuenta de algo: las titulares “viudas” somos todos nosotros. El libro habla sobre las puestas en escena casi paradisíacas y de los universos emocionales complejos, enfermos y dolorosos que suceden tras los muros de cualquier barrio privado de Buenos Aires, Guayaquil o Lima. El libro retrata con agilidad, sin sentencias morales y sin estereotipos, a las sombras de una burguesía en ascenso y los complejos de un grupo de recién llegados (los new rich, como tanto nos gusta decir); habla sobre la necesidad de pertenecer y dice, también, cómo son quienes siempre han estado ahí arriba, en la punta más alta de la invisible (pero evidente y nunca imaginaria) pirámide de clase sobre la que hemos construido nuestras ciudades.

No es una novela ideológica y en ella no hay denuncia. Más bien, es una especie de texto-diván. Es como una charla reposada con una serie de personajes de corte cheeveriano que se autoanalizan y exploran los recovecos mejor maquillados de nuestros barrios blanco-mestizos.  La novela cuestiona, interroga, marca la pauta de su desarrollo con preguntas esbozadas entre líneas: ¿quiénes, en nuestro imaginario, están autorizados para el derroche? ¿Qué fortunas examinamos (y cuáles no) con lupa? ¿Por qué nos generan tranquilidad ciertos apellidos y sospecha otros cuántos? Las viudas de los jueves es Argentina, pero también Ecuador. Son los millonarios hechos gracias a la era Menem, pero también los millonarios construidos en los diez años de correísmo. Son nuestros cuerpos producidos, los silenciosos acuerdos sociales, las caídas sin opción a redención. En otras palabras, la expulsión del paraíso.

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Claudia Piñeiro vive en un country, en un barrio cerrado de Buenos Aires. Desde ahí escribe sus thrillers y construye a sus personaje y entre esos espacios, ha dicho en varias entrevistas, nació en ella la idea de que entre muros se construye sólida la ficción de que lejos de la ciudad nada puede pasarte, de que estás y existes lejos de todo mal.

Un día, cuenta la escritora, un vecino la increpó preguntándole si ya estaba escribiendo otra vez del lugar donde viven. Porque Claudia escribe de lo que conoce y sabe: arma libros honestos, de esos que son como fotografías de familia y nos obligan a repasar la propia vida para intentar reconocer en qué momento nos torcimos como sujetos, como sociedad.

Las Viudas De Los Jueves funciona como un pedazo de nuestra memoria. Sus páginas son mis recuerdos, los recuerdos de un Guayaquil que un día abandonó sus barrios, construyó muros y dejó de hacer posibles el ruido y la vida que se levantan cuando la vía pública es de la gente y no de la autoridad. Aquí, los hechos que importan son los cotidianos y la gente que importa nuestros vecinos, los ricos en caída libre, y la clase media en ascenso imparable.

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