Las Otras Madres

Todas las madres

Las Otras Madres

“Hay un montón de personas viviendo la maternidad de una forma plural. Más allá de cómo el patriarcado ignora los cuidados, que son la base de la supervivencia de la sociedad”.

María Llopis, Maternidades Subversivas

Organizando cajones, repaso una vez más mis fotos de niña y observo en esas imágenes a Nai, la mujer que ayudaba a mi mamá en mis cuidados y que terminó haciendo conmigo lo que las madres modernas ahora llamamos colecho: Nai, además del trabajo que hacía de forma contractual por el día, también dedicaba sus noches a espantar mis terrores y por eso -estoy segura- nadie le pagaba. Vuelvo a las imágenes en las que aparece casi siempre en la sombra, o de espaldas, y me doy cuenta que en ninguna fotografía es ella quien me sostiene en sus brazos, ni tampoco es quien me ayuda a apagar las velas de las tortas en mis cumpleaños. En ninguna foto, y las cuento por cientos, es protagonista. Nunca es ella: siempre yo.

Luego de su divorcio, mi tía Teresa volvió con su único hijo a la casa de sus padres donde también vivían dos hermanas de mi abuela. Carlos, mi primo, recibió de ellas los cuidados necesarios que articularon en su cabeza la estructura de familia y se convirtió en el hijo no parido de unas tías que ejercían, y ejercen, de madres. Todas ellas eran, sin saberlo, una estructura poderosa y política que combatían la idea de que para ser una familia se necesita de un padre proveedor. Cuando a los 14 años asaltaron mi casa y los ladrones marcaron mi cuerpo con una golpiza brutal, el miedo que sentí de volver a vivir ahí me llevó a mudarme por largo tiempo a casa de Corina, mi tía. Allí sané de temores y ansiedades y la adolescente rabiosa y rebelde de esos años se encontró con una madre que no me parió, desbordada de paciencia y amor en partes iguales.

Entendemos todos, porque nos lo han repetido hasta la saciedad, que madre solo hay una, y que ella y solo ella siempre será “mami”. Pero existen otras, muchas madres que no aparecen en nuestros relatos, que han sido silenciadas por un orden estructural que legitimó a la madre biológica como única y condenó al olvido textual (porque del terreno afectivo nadie las borra) a otras relaciones igual de importantes para la construcción y contención de las sociedades y los individuos.  Dice María Llopis en su librazo Maternidades Subversivas que una de las grandes tareas que tenemos las madres es la de volver a la crianza compartida, pero volver de verdad, interiorizando la importancia que tiene la crianza en tribu, comprendiendo el poder del matriarcado y sus manos.

Existe una realidad, y es que nosotros no hubiésemos podido ni siquiera sobrevivir sin los múltiples brazos que nos acogieron cuando fuimos criaturas. No seríamos lo que somos sin ese tejido orgánico y amoroso que son las tías, las niñeras, las abuelas, las madrinas. Somos también los hijos de esos vínculos, y les pertenecemos también a todas las otras mujeres que nos han criado, cuidado y dolido.

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