El Hambre, de Martín Caparrós

El Hambre, de Martín CaparrósHace poco más de un mes estuve en un conversatorio donde María Angulo y Jorge Carrión preguntaban a Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957) sobre su obra. La idea era, además de explorar los libros del argentino, anunciar la próxima llegada a España de La Crónica. Sin embargo,  durante la ronda de preguntas el público se detuvo en El Hambre (Ed. Anagrama, 632 pg.) Yo misma, a pesar de haber paseado por casi todos sus libros, me detuve a preguntar sobre El Hambre. A ratos parecía que los asistentes hubiésemos necesitado una respuesta urgente de boca del propio autor sobre por qué nos lanzó esa bomba.

El 2015 –y parafraseo con vergüenza a Joan Didion– fue mi año del pensamiento mágico, porque renuncié a todo para criar y porque tanto la maternidad como  El Hambre acabaron con mi idea de la realidad y del mundo. Les hablo de una crónica-ensayo descomunal que se atreve con una palabra que para nosotros no significa nada, que ni siquiera entendemos. Dos sílabas letales: ham-bre.

Caparrós le revisa las costuras a la sociedad y deja en el aire un par de ideas insoportables por el dolor que provocan: uno, que hemos fracasado como humanidad, y dos, que vivimos en un derroche de privilegio. “Somos tan privilegiados, que ni siquiera recordamos que lo somos”, sentencia.

Les otorga rostro, cotidianidad y vida a las cifras en los medios que hemos asumido como “normales”. Permite sean las madres de India, Níger, Kenia, Madagascar quienes cuenten por qué sus hijos se mueren de hambre, denuncia el poder que tiene la religión para perpetuar sistemas crueles, argumenta por qué un filete no es un filete sino pura concentración de poder, y habla sobre los mecanismos de chantaje en donde, a cambio de subvenciones míseras, Europa aprieta la dignidad de Asia y África para obtener la exclusiva de minas y, con ello, la seguridad de una mano de obra ya no barata sino esclava.

No es un libro escrito para que occidente se golpee el pecho pensando que a nosotros esas cosas no nos pasan, diciendo “ay, en África, pobre gente”. Nos libra de eso porque también nos narra nuestra propia hambre, la de los niños en España, la de los adultos obesos en EEUU, la de los campos en Sudamérica. Nos dirá que la mitad de la humanidad pasa hambre porque el orden del mercado está estratégicamente diseñado para que así sea.

Aquella noche del conversatorio, ya hacia el final, lo que sí me atreví a preguntar -de forma absolutamente torpe- giraba en torno a si había esquematizado durante su investigación el tono narrativo al que recurre en la crónica, repleto de sus dilemas éticos, de su vergüenza occidental, de su saberse privilegiado. Su respuesta fue contundente: “Hablar sobre lo que generaba en mí todo lo que estaba viendo me parecía la forma más decente de contarlo”, me dijo.

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