The Matrix

“If you wish to make an apple pie from scratch, you must first invent the universe”, Carl Sagan, Cosmos

(“Si quieres hacer un pastel de manzana desde cero, primero tienes que inventar el universo.”)

Una comedia en dos partes: le doy un puñetazo a la mesa, corte a: mi mano vendada. Nuestro cerebro automáticamente rellena el vacío entre los dos momentos: la tercera ley de la física Newtoniana nos dice que me he hecho daño al golpear la mesa. Si quisiera filmar esta escena bajo las mismas circunstancias y no hacerme daño, una alternativa sería trasladarla a un universo donde apliquen otras leyes físicas.

Tanto la animación por ordenador como la animación tradicional tienen una restricción fundamental a la hora de crear un mundo: que el lienzo siempre empieza en blanco. A diferencia del cine y la fotografía tradicionales (léase: sin trucar), que reflejan una realidad preexistente, en la animación ningún detalle es casual: hasta la última mota de polvo tiene que ser puesta en la escena por el animador. ¿Y si, al escribir las reglas de ese universo, modificamos las reglas que lo gobiernan? Ese impulso intuitivo de presentar un universo ligeramente distorsionado a través de la animación se ve desde el primer corto animado jamás hecho, Little Nemo, (Winsor McCay, 1911), luego perfeccionado por Bob Clampett y Tex Avery al mando de los estudios de animación de Warner Bros., y recogido en el año 1980 en el texto titulado The Cartoon Laws of Physics, (O’Donell, 06/1980).

Bugs BunnyDieciséis años después de su estreno, The Matrix sigue siendo uno de mis textos favoritos para desempacar en todos sus niveles: técnico, cultural, filosófico, estilístico, coreográfico, visual. Una de mis escenas favoritas es cuando Morpheus le pide al Neo recién despertado que salte entre los dos edificios, para hacerle ver que las reglas del universo no aplican dentro del Matrix. La puesta en escena está sacada directamente de los Looney Tunes, desde Neo intentando mentalizarse para hacer el salto, la larga caída hacia la cámara, hasta el agujero en el suelo con forma de Neo. Quien sea que haya escrito las reglas de la simulación del salto, se aseguró de que las leyes de la física aplicables no fueran las Newtonianas, sino las de Bugs Bunny. Y tampoco creo que sea coincidencia que, cuando Neo despierta y descubre que puede manipular el universo a su alrededor, decida aplicar la sexta ley de la física de los dibujos animados (“cuando su velocidad aumenta, los objetos pueden estar en varios lugares simultáneamente”). Pudiendo elegir cualquier superpoder, Neo elige el que le permite humillar más rotundamente a su oponente: no el de Superman, sino el del conejo que canta, y no porque es más útil, sino porque es chistoso.

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