The American Scream

La necesidad del ser humano de expresarse no tiene límites. Ya sea a través de una pintura paleolítica, un tag de graffiti en el muro que separa Israel de Palestina o un meme sobre un complemento falocéntrico, el arte que creamos refleja nuestras obsesiones, nuestros sueños y nuestros miedos. Mucho se habla sobre la separación entre la cultura popular y la alta cultura, pero si todos fuéramos Caravaggio no tendríamos a Kate Beaton.

 

Un documental (tráiler) sobre un grupo de gente que se dedica a montar casas embrujadas para Halloween en un pueblecito de Massachusetts, Estados Unidos parece material para un reportaje de cinco minutos del final del telediario. Que el director Michael Stephenson (Best Worst Movie) encuentre el lado humano detrás de lo que fácilmente podría haber sido una caricatura para señalar y reírnos es un deleite. La película se centra en tres familias y los preparativos para sus respectivas casa embrujadas, que operan durante exactamente un día al año para asustar a los habitantes de sus barrios. El nivel de profesionalismo de cada una de ellas varía considerablemente, desde los Bariteau, cuyo padre, Victor, dedica 364 días al año a comprar, remodelar y pintar decoraciones para su casa embrujada (por la cuál no gana ni un centavo); Matt Brodeur y su padre (que admite a la cámara que lo hace porque a su hijo le hace feliz); y Manny Souza, ayudado por su “mejor amiga”, que tiene un interés romántico por él tan claro que se sale de la pantalla.

Para todo el público que “no le gustan las películas de miedo”: esta no es una película de miedo. Es un retrato sobre nuestras pasiones se manifiestan de maneras extrañas, y sobre el valor de seguir a la musa, aunque esa musa nos impulse a poner tumbas de papier mâché en el jardín e invitar a los vecinos para asustarlos. En esta narrativa no hay villano: el peor enemigo de estos hombres son ellos mismos, y verlos superar sus circunstancias personales me hizo reír, e incluso me arrancó alguna lagrimilla. Ante todo, este documental nos muestra que el arte tiene el poder de transportarnos y elevarnos por encima de nuestras circunstancias mundanas, aunque sea pintando una momia para asustar al hijo del vecino.

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